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Machu Picchu: patrimonio de identidad nacional

A más de 100 años del descubrimiento científico de Machu Picchu, no hay mejor excusa para recorrer esta imponente ciudad inca y deleitarnos de sus bellísimos parajes y gozar de la maravillosa experiencia que diariamente viven sus miles de visitantes que llegan de todas partes del mundo.

Machu Picchu es la expresión máxima de la cultura prehispánica peruana y sudamericana. Su arquitectura es encantadora y majestuosa, y encaja perfectamente con su entorno, afianzándolo y embelleciéndolo, tanto es así que en 1983 se declaró a Macchu Picchu Patrimonio de la Humanidad de UNESCO y el 07 de julio de 2007, una de las siete nuevas maravillas del mundo.

El santuario de Machu Picchu es la plena convergencia de la mano del hombre en unión con la sabiduría de la naturaleza, donde una extraña sensación de placidez y regocijo se apodera de quienes lo visitan. La Plaza Sagrada, el Intihuatana (reloj solar), el Templo del Sol o el del Cóndor, el Templo de la Luna, son partes importantes de esta urbe que los conquistadores nunca llegaron a poseer, acaso porque sus delirios de ambición y fortuna encumbraron sus pasos hacia otros destinos fantásticos como El Dorado o Paititi.

A los pies de Machu Picchu se encuentra el distrito del mismo nombre, más conocido como Aguas Calientes. Este es un pueblo pequeño, vibrante y tumultuoso. Sus callecitas se convierten en un laberinto de idiomas, donde el turismo se levanta como la actividad más importante entre sus habitantes. En estas fechas se calcula que más de 2 mil personas ingresan diariamente al visitar el santuario, por lo que se han multiplicado y mejorado la calidad de los principales servicios como los hospedajes y restaurantes.

Hasta hace algunos años, la mayoría de los trenes partía de la estación de San Pedro o Poroy, en Cuzco. Hoy, los pasajeros prefieren embarcarse en Ollantaytambo en las dos empresas ferroviarias que existen, ofreciendo diversas opciones, desde el tren local (exclusivo para peruanos) hasta el suntuoso Hiram Bingham, un servicio de lujo con alimentos a bordo, bar, terraza, música en vivo y vagones con ventanas en los techos que tientan a la tortícolis. Su precio: 307 dólares.

Veinte minutos después de abandonar la estación de Ollantaytambo, el tren realiza una parada en Piscacucho (kilómetro 82), donde se inicia el Camino Inca. Esta travesía o peregrinaje a pie dura cuatro días, en los cuales se asciende hasta los 4 200 metros sobre el nivel del mar, en el abra de Warmyhuañusca (“mujer muerta”, en español). Pero no es la única ruta. Hay senderos alternos, también históricos, acaso milenarios. En el mismo Piscacucho, pero en la otra margen del río Vilcanota o Urubamba, nace un sendero que coquetea con los rieles del tren, con ubérrimos campos de maíz y varios complejos arqueológicos. Este periplo no termina en el santuario, y en alguna parte del recorrido los caminantes deben volver al lento bamboleo de los vagones para continuar hacia la Ciudad Perdida.

Pero desde Aguas Calientes se puede subir cómodamente en autobús: salen a cada rato y cobran 14 dólares por un viaje de 30 minutos. Sólo unos pocos deciden caminar la hora y media que toma llegar a Machu Picchu desde aquí.

Hace 100 años el estadounidense Hiram Bingham quedó fascinado por este hallazgo, y entonces —con perspicacia— gestionó el apoyo de la Universidad de Yale y de la National Geographic Society, además de la autorización del gobierno peruano para iniciar las investigaciones, que las lideró entre 1912 y 1915, y publicó en 1913 un artículo en la National Geographic que sería la carta de presentación de Machu Picchu entre la comunidad científica y la opinión pública.

Joya de la humanidad

Una vez llegado a la ciudadela todo impresiona. No sólo es la roca tallada en obra de arte. Son las montañas, las quebradas, las terrazas de cultivo esculpidas en los cerros. Es el lejano y beligerante discurrir del río. Es la profundidad y el vacío. Es el susurro del viento. Por ello es el atractivo turístico más importante de Perú, que data del siglo XV y fue erigido durante el mandato del inca Pachacútec, el “Transformador del Mundo”. Esta espectacular obra de arte lo hizo el hombre andino, quien hace cientos de años dio testimonio de una gran cultura organizada que fue capaz de transportar las piedras para levantar fortalezas y caminos, templos y tambos (lugares de descanso), qolcas (depósitos) y andenes (terrazas de cultivo), en escarpados escenarios geográficos que hasta ahora la humanidad vislumbra.

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